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LA REFLEXIÓN, LA DUDA, LA CRITICA Y EL DIALOGO EN EL CONOCIMIENTO FILOSÓFICO.

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LA REFLEXIÓN, LA DUDA, LA CRITICA Y EL DIALOGO
EN EL CONOCIMIENTO FILOSÓFICO.

Carlos Maurin Fernández.

Desde la Antigüedad se señala como origen del filosofar la admiración,
la extrañeza. En efecto, la mera presencia y la ordinaria frecuentación de
las cosas pueden suscitar un interés cognoscitivo que procure descubrir
sus modos y comportamientos; pero la radicalización de ese interés hasta
el punto de convertirse en la postura filosófica sólo es posible cuando las
cosas, aun las más habituales y cotidianas, nos admiran y sorprenden, nos
persuaden de que, así como son podrían no ser, de que maneras y atributos
podrían ser diferentes de como son. En suma, una radical
problematización, un ponerlo todo en cuestión (en duda), es la condición
primera del filosofar. Sin embargo, en la postura ordinaria o no filosófica
nos hallamos habituados a las cosas tal como se nos manifiestan; nos
parece natural que el mundo, sea como es, lo aceptamos implícitamente y
sólo nos preocupa especificar sus modos y aspectos en la medida
conveniente para orientarnos en él para acomodar nuestra vida a su
realidad patente. En la posición filosófica, en cambio, nada nos parece
normal y justificado por el mero hecho de su existencia; lo ponemos todo
en discusión porque todo se nos aparece de primera intención discutible y
como tal lo mantenemos mientras no nos ofrezca sus razones o
justificaciones. Es así que, el primer paso del filosofar consiste en
extrañarse de lo dado, de lo espontáneamente conocido, en una doble
significación de esta palabra “extrañarse”: como extrañeza o sorpresa de
que las cosas sean y de que sean como son, y como un extrañamiento como
externo y ajeno a nosotros, como realidad respecto a la cual hemos
suprimido todos los lazos que nos ataban a ella y que podemos ver por lo
tanto con ojos nuevos y limpios, como si de repente se alzara ante nosotros

. El filósofo se extraña, pues, de la realidad para convertirla en problema,
suprime su ordinario trato con ella para verla tal como es. (Fco. Romero
pp16, 17.)

Desde otro punto de vista, se dice que la filosofía es saber sin
supuestos, esto es, un saber que no reconoce ninguna presuposición,
ninguna base admitida de antemano. Esto la distingue de la ciencia, en la
cual se aceptan supuestos comprobados.
En el saber vulgar, la realidad tal como nos es dada es el supuesto
más general. En el saber científico, se presupone la existencia del mundo,
la del espacio y el tiempo, la capacidad cognoscitiva de la razón y la
validez de los grandes métodos. La filosofía convierte todo esto en
problema, con muy distintas soluciones.
El diálogo ha sido con frecuencia una forma de expresión filosófica
o científico- filosófica; ejemplos al respecto hallamos en Platón, San
Agustín, Cicerón, Galileo, Berkeley, Hume y, por supuesto, Sócrates ( a
través de Platón). A veces la forma de diálogo se halla oculta en un
aparente discurso continuo. Así se ve en Plotino, que se pregunta y se
responde a sí mismo con frecuencia en forma “dialógica”.
El diálogo filosófico no es una forma literaria entre otras que
pudiesen igualmente adoptarse; responde a un modo de pensar
esencialmente no “dogmático”, esto es, a un modo de pensar que procede
“dialécticamente”. Por eso hay una estrecha relación entre estructura
dialógica y estructura dialéctica del pensar. Según Platón, el que sabe
preguntar y responder es el práctico o especialista del diálogo, esto es, el
“dialéctico” (Crat. ,390. c.) Platón sostiene que la contemplación por el
alma de la realidad inteligible es efecto del conocimiento del “arte del
diálogo” (Rep. VI. 511. C), el cual es distinto, y hasta opuesto, a la
controversia sofística, donde el diálogo es mera disputa y no proceso
cognoscitivo. En el proceso dialógico o dialéctico hay división y
generalización (Phaed., 266B): el diálogo es un método riguroso de
conceptualización. Hay que distinguir el diálogo falso (calificado de
“monólogo”) es aquel en el cual los hombres creen que se comunican
mutuamente, cuando lo único que hacen en verdad es alejarse unos de
otros. La otra forma de diálogo es el auténtico, (implique o no
comunicación por medio de palabras) es aquel en el cual se establece una
relación viva entre personas como personas.

La noción de diálogo ocupa un lugar central en varias direcciones de
la hermenéutica contemporánea. Collingwood había ya puesto de relieve
que un problema no puede resolverse si no se entiende, y no se entiende
si no se sabe qué clase de cuestión plantea. La pregunta y la respuesta se
hallan de este modo íntimamente vinculadas. Hans-Georg Gadamer- que
ha reconocido el precedente de Collongwood de una “lógica de la pregunta
y la respuesta”- trata de desarrollar esta lógica, pero sin limitarla a la
comprensión del pasado histórico. Pregunta y respuesta circulan, por así
lo, dentro del diálogo (Gerpräch) hermenéutico y adquieren su sentido
dentro de este diálogo. Pero, además, la llamada “respuesta” no cierra el
círculo, sino que lo abre de nuevo, ya que entender (comprender) una
pregunta es, a su vez otra pregunta. Puede hablarse de una “dialéctica de
la pregunta y la respuesta” (Wahrheit und Methode, 2, edic.,1965, Pág
359).

Esta dialéctica es un intercambio entre un sujeto que pregunta y un
“objeto” que se desvela o revela al sujeto, pero sólo porque el sujeto está,
por así decirlo, dispuesto a escuchar lo que el “objeto” dice. El “decir” es
una relación de la que el sujeto y el objeto son sólo abstracciones. El
diálogo resulta ser por ello un “acontecimiento”; su estructura lingüística
es un reflejo de su estructura ontológica.
Continuando con nuestro objetivo, pasaremos a tratar “la duda”, que
significa primariamente “vacilación”,” irresolución”, “perplejidad”. Estas
significaciones se encuentran ya en el vocablo latino dubitatis. En la
dubitatio hay siempre (por los menos) dos proposiciones o tesis entre las
cuales la mente se siente fluctuante; va, en efecto, de una a otra sin
detenerse. Por este motivo, la duda
que la duda es un punto de partida, ya que la evidencia (del yo) surge del
propio acto del dudar, de la reducción del pensamiento de la duda al hecho
fundamental y aparentemente innegable que alguien piensa al dudar.
La duda como elemento necesario a la fe consiste en suponer que la
fe auténtica no es un mero creer en algo a ojos cerrados, sino un creer
acompañado de la duda y en gran medida alimentado por la duda.;
Unamuno destaca entre ellos. Según Unamuno, en efecto, una fe que no
vacila no es una fe: es un mero automatismo psicológico. Por
consiguiente, en esta idea de la duda la fe y la duda son inseparables.

La capacidad de pensar, reflexionar y aún más una reflexión
filosófica, nos ha hecho libre al hombre, hecho que interrumpe el
cortocircuito de la respuesta inmediata al estímulo inmediato(que hoy es,
ante todo, un estímulo artificial: la propaganda) .
Pero nadie inventa el pensamiento: pensamos con palabras
aprendidas y cargadas de significaciones seculares. Nuestra mente es muy
antigua- hasta demasiada antigua-, aunque ella misma la ignore.
Toda una larga tradición revive en cada palabra que se pronuncia.
¿Cómo, entonces, puede desencadenarse un pensamiento creativo? Sólo,
quizá, tomando conciencia de esa tradición que nos conduce, para poder
criticarla y asumirla o rechazarla. La Historia de la Filosofía muestra que
los mayores filósofos hicieron así. El valor de esta historia no consiste,
pues, en que lo sea “del pasado”, sino de las raíces “del presente”. Es una
arqueología que nos hace conocer el suelo que pisamos.
En otras palabras, el sentido es la liberación del pensamiento hacia el
futuro a través de la indagación de los primitivos veneros que lo alimentan;
naturalmente es una tarea compleja. Nietzsche escribió que “nunca un
filósofo ha expresado en libros sus opiniones auténticas y últimas: ¿no se
escriben libros precisamente para ocultar lo que escondemos dentro de
nosotros? Toda filosofía esconde también una filosofía; toda opinión es
también un escondite; toda palabra, también una máscara”. Por tanto,
nunca se llega hasta el fondo, y toda interpretación es provisional. Todo
libro- también éste- crea una trampa: la de inducir a creer que “ya está
todo dicho”, y como es sólo un libro sobre otros libros, únicamente debe
encaminar hacia la lectura de estos últimos, los de los filósofos sobre los
que en él se habla.

Para una adecuada reflexión filosófica debemos situar la filosofía en
su contexto cultural, tener conocimiento del autor (es), que se consideran
fundamentales. Comprender su propio pensamiento. Ir a la lectura de la
obra (as) fundamentales etc. Ningún filósofo puede sentirse satisfecho al
concluir - de momento- su obra. Únicamente le cabe formular el deseo de
que no haya añadido “una máscara más”.

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