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EL ORIENTE ETERNO MASÓNICO










Por Iván Herrera Michel

                

A raíz del fallecimiento del Masón Oscar Pérez en Venezuela, me preguntan sobre que entendemos exactamente los Masones por “Oriente Eterno”, que sería el lugar o condición en donde “se encuentra desde entonces”. Y un Masón chileno retirado de las Logias me dice que el concepto de un lugar común denominado “Oriente Eterno” para almas buenas y malas, riñe con sus creencias cristianas.

                       


Para los Masones, la expresión “Paso al Oriente Eterno” se refiere a que, luego de su trasegar vital en busca de luz (moral, intelectualidad, conocimiento, espiritualidad, Etc.), finalmente al morir su memoria se confunde en el recuerdo de sus Hermanos con la memoria de los Masones que han fallecido antes. Es decir, que la metáfora no se refiere a un lugar (como en el cristianismo), sino a una condición evocativa que no le es incompatible y solo se aplica a los Masones.

                   

De todas las definiciones que he oído y leído sobre el concepto de Oriente Eterno hay dos poéticas que me aproximan a lo que daban a entender mis mayores sobre la memoria de un Masón luego de su fallecimiento, que, en resumidas cuentas, solo sería una estación de paso, o, en palabras de los indígenas Kogi de la Sierra Nevada de Santa Marta (Colombia), un corto paso en el viaje entre el vientre de la madre y el vientre de la tierra.

                 


Me refiero a que, en clave Masónica, si se me permite la extrapolación, me ubico en la perspectiva de Santa Teresa de Jesús cuando escribió que “Vivir se debe la vida, de tal suerte que viva quede en la muerte”, en afortunada armonía con los versos del colombiano Antonio Muñoz Feijoo que sostienen que “… / la vida es el honor, es el recuerdo. / Por eso hay muertos que en el mundo viven, / …”

                 

Por su parte, los Masones de Estados Unidos dicen que el Hermano “ha sido llamado a una más alta esfera de acción” (en la escala Gradual de su Iniciación sucesiva, añadiremos nosotros).

                 

De hecho, de lo que más se habla cuando se refrenda el Paso al Oriente Eterno de un Masón es de sus ejecutorias. De su vida ejemplar, su inclinación al estudio, su fraternidad, sus virtudes, sus servicios desinteresados, su compromiso con una causa noble, Etc., y siempre se destaca alguna particularidad por la que debería ser recordado con admiración o por la que se le pueda mostrar como ejemplo. Es como si quien muriera quedara “viviendo” de alguna forma virtual, real o aparente, en la mente de los Masones que le recuerdan y sobreviven.

                      


La vida y la muerte constituyen una unidad que más allá del sepulcro sigue produciendo efectos. Comienza con la tumba el misterio insondable de la noche de la vida. Desde el Gabinete de Reflexiones, los Masones nos acercamos, despojados de todo objeto de valor material, y conscientes de la fragilidad de la vida, ante la infinitud de la gran verdad que es una eternidad que sobrepasa nuestro entendimiento, y que, como el horizonte, mantiene la distancia, “entre lo sombrío de lo ignorado y lo inmenso” (José A. Silva).

                     

De donde resulta que el Oriente Eterno Masónico es un universo cálido de memoria colectiva, en el que está presente, y se campea, lo que se recuerda valorativamente de los Masones fallecidos, y en donde cada reminiscencia individual va diluyéndose hasta convertirse en “el olvido que seremos” (Borges), de la misma manera en que la luz del día va disolviéndose suavemente en la oscuridad de la noche.


Pero se equivoca quien considere que se apaga la luz cuando apenas la pierde de vista, ya que la luz memoriosa de quienes han partido antes sigue iluminando la labor de quienes le siguen.





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