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LA INICIACIÓN FEMENINA





OLSWALD WIRTH

Con razón o sin ella, la Iniciación a los misterios de la Magna Obra no ha alcanzado hasta la fecha a la mujer. Si hubo en la antigüedad algunas iniciadas femeninas, es que los Misterios nacidos de religiones particulares perseguían una finalidad estrictamente religiosa: pretendían, en efecto, asegurar una bienaventurada inmortalidad a sus adeptos divinizados por sus ritos secretos.1

Empero los romanos como los griegos reconocieron a la mujer un alma tan digna del favor divino como la del hombre y no podían, por tanto, imponer la distinción de sexos en el aspecto puramente místico.

Pero los misterios clásicos, cuya herencia recogió el cristianismo, han repercutido muy lejanamente sobre las iniciaciones modernas. Lo que caracteriza estas últimas es su carácter operativo; se preocupan de nuestra labor en esta tierra y sus secretos se refieren a un arte de práctica muy difícil. Para el alquimista se trataba de operar sobre los metales, y para la Francmasonería de la construcción de edificios materiales. A pesar de todo, la metalurgia de los alquimistas les condujo a sutiles especulaciones sobre los poderes de la naturaleza y el labrado de las piedras les sugirió también transposiciones fecundas en el dominio humano y así se fue desarrollando el concepto de este inmenso trabajo humanitario que, es en nuestros días, el objeto de la Iniciación Masónica.

Lógicamente, este trabajo necesita indistintamente de la colaboración de todas las fuerzas humanas, tanto masculinas como femeninas; pero, por otro lado, la tradición está en desacuerdo con la lógica; los adeptos de la Alquimia eran todos varones y nunca ninguna mujer soñó entrar como aprendiz al lado de un maestro albañil. Al volverse exclusivamente especulativa, la Francmasonería moderna hubiera podido adaptar sus antiguos usos a su nuevo programa. No se preocupó de ello y quiso seguir, como antes, exclusivamente masculina por medida de prudencia y con razón, tanto como podemos apreciarlo.

Esta afirmación necesita ser explicada; en efecto, somos partidarios del masculinismo del pasado, pero convencidos que conviene estudiar cómo y de qué manera podemos asociarla realmente a la Magna Obra. Lo cierto es que no se la podía admitir de golpe y porrazo en una asociación compuesta de hombres solamente y organizada en base de este sexo únicamente. La Logia inglesa se constituyó tomando como modelo el Club; éste no corresponde poco ni mucho a la mujer, cuyo elemento verdadero es el salón. De tal manera que, para estar la mujer en su ambiente, sería preciso transformar las logias en salones o viceversa. No es cosa del todo imposible; incluso es deseable bajo muchos aspectos. Pero, prácticamente y hasta nueva orden, lo más prudente es que sigan las logias organizadas como lo son actualmente, dejando que algunos salones escogidos se transformen, si no en logias, por lo menos en focos de iniciación femenina.

Esta metamorfosis depende únicamente de la mujer; no tiene necesidad alguna de solicitar autorización de las autoridades masónicas para trabajar en su propia casa como iniciada o, para ser más modesta, como aspirante a la iniciación femenina.

Para que germine la idea es indispensable para la mujer conocer las bases de la Iniciación y, de acuerdo con este criterio, hemos procurado formularlas en esta misma publicación durante todo el año 1922. la mujer debe aspirar a la Iniciación, no por satisfacer la mezquina satisfacción de ingresar en una colectividad hasta ahora celosamente reservada a los hombres, sino porque siente en ella la vocación para la Magna Obra humanitaria. Si sufre y se da cuenta de las miserias humanas, sólo le faltará descubrir el secreto de lo que podemos llamar la dinamización de los buenos sentimientos.

Ahí está el gran secreto de la Iniciación femenina, la palabra perdida que deben otra vez encontrar las mujeres a ejemplo de los Maestros Masones. A ellas corresponde el conquistar nuevamente un poder que su sexo supo ejercer en el pasado. ¿Acaso no fundó la mujer la civilización, llegando a domar el macho bruto y bárbaro? No dudaban de ello los estamperos de la Edad Media cuando representaban la Fuerza bajo la figura de una mujer que, sonriente, mantiene abierta las mandíbulas de un león furioso. Cuanto noble hizo la Caballería debe atribuirse a la influencia femenina. Y por lo que toca a esta cortesía que valió a Francia la conquista de la Europa culta del siglo XVIII ¿no fue acaso genuinamente femenina?

Por desgracia, un feminismo mal entendido incita a la mujer de hoy día a masculinizarse, como si se considerara inferior y sintiera la necesidad de subir hasta la masculinidad ¡Equivocación lamentable y también traición a la femineidad! La mujer difiere del hombre y rinde homenaje a su fuerza; en cuanto al hombre, si admira a la mujer es precisamente cuando se caracteriza como tal. Conscientemente o no, rinde homenaje a sus cualidades peculiares, incluso cuando brillan por su ausencia. En resumidas cuentas, el hombre quiere encontrar en la mujer dotes de complemento que a él precisamente le faltan.

Es inútil extendernos más sobre este asunto y basta reconocer que, según acabamos de ver, la iniciación femenina debe diferenciarse esencialmente de la masculina, en tanto que es Iniciación verdadera. Si se trata tan solo de esta iniciación meramente simbólica y convencional, cuyos ritos no han de traducirse en una transformación de nuestra vida, es del todo indiferente que hombres y mujeres queden sometidos a las mismas ceremonias ridículas. Los hombres que han tenido la idea de aplicar a las mujeres las pruebas de su ritual masculino, han probado ipso ipso que el simbolismo masónico era para ellos letra muerta: la Masonería mixta debía de nacer a la fuerza en esta época de ignorancia absoluta del significado del ceremonial masónico, que los masones más clarividentes consideran tan sólo como supervivencia de un pasado formalista e ignorante.

En nuestros tiempos se aprecia mejor el simbolismo profundo de los pensadores y comprendemos cuán absurdo es proponer a la mujer un programa iniciático cuya tendencia fuera el desarrollo de la masculinidad. Si la mujer ha de ser iniciada, debe serlo en los misterios de la Femineidad.

Pero surge aquí una dificultad considerable ¿Cuáles son estos misterios? ¿En dónde están formulados? ¿Cómo descubrirlos? Hasta ahora nadie ha contestado a estas preguntas ni tenemos precedentes en materia de iniciación femenina; es preciso buscar el camino en la ausencia de toda indicación que nos pudiera suministrar algún intento anterior. A lo más podemos recordar los errores cometidos, procurando evitarlos en lo sucesivo; se tendrá que proceder por tanteos, sin pretender que repentinamente surja la iniciación femenina, como salió Minerva de la cabeza de Júpiter.

De todos modos, podemos vislumbrar algunos principios fundamentales:

1. El propósito de la mujer debe ser influir más eficazmente sobre la humanidad en conjunto, sobre la marcha del progreso, esforzándose particularmente para infundir en las almas el espíritu de la verdadera civilización.
2. Debe volverse consciente de sus medios de acción particulares (Misterios de la Iniciación femenina).
3. Las mujeres deben adiestrarse en la influencia colectiva, teniendo por objetivo una labor de orden superior, sin limitarse a la influencia individual que desde tiempo vienen ejerciendo.
4. A las mujeres corresponde buscar el modo de asociación y cooperación más adecuado a su modo de ser.
5. Es conveniente, asimismo, que tengan sus secretos propios, secretos que confiarán tan sólo a los hombres que juzgarán dignos de conocerlos.

El problema interesa a todos nuestros lectores, tanto hombres como mujeres; que todos trabajen para encontrar la solución; por su parte, el Simbolismo pide a todos su fraternal colaboración.




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