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LA INICIACIÓN CRISTIANA



Tradiciones no cristianas


La iniciación constituye, en el contexto espiritual considerado, como un “plus” que aporta en relación a lo que recibe la “multitud” realmente una gracia suplementaria. La iniciación, por su parte, a través de la bendición específica que ella representa, confiere una suerte de privilegio a ojos de lo que es transmitido a la masa de fieles. En la medida que estos últimos reciben el viático general que les permitirá cumplir lo mejor posible a su estado su peregrinación terrestre (en modo bíblico, diríamos que son admitidos en el recinto del Templo, incluso en el Santo), la iniciación se presenta entonces como la posibilidad de franquear el umbral, siendo admitido en el Santo de los Santos; quedando así como la recepción de un tipo de bendición reservada.


Así mismo, este “plus” que evocábamos hace un instante se percibe y analiza como un elemento de interioridad y decondicionamiento “suplementario” en el cuadro de la revelación espiritual considerada. Dicho de otra manera, se trata de una gracia (de una “influencia espiritual” como diría Guénon) que aproxima al Centro a aquel que la recibe, permitiéndole, obrándole en el pleno sentido de la palabra, otras posibilidades, otros campos de realización espiritual en esta vida o en lo que se ha convenido denominar los estados póstumos del ser. Estos estados pudiendo entonces diferir esencialmente, en este contexto tradicional no cristiano, según uno esté iniciado o no, y a condición que dicha iniciación se haya cumplido, o que uno se beneficie (si se nos permite decirlo ya que de por sí es un testimonio eficaz e inconmensurable de la atención misericordiosa del Creador para sus hijos), “solamente” de la bendición general que “envuelve” al conjunto de miembros de la comunidad con vistas a un viático espiritual apto para ser alcanzado y cumplido por esta multitud todavía no sensible al deseo de interioridad y de lo absoluto “para el Reino de los Cielos”.



Tradición cristiana


Fundamentalmente a diferencia de otras formas tradicionales, precisamente porque se trata de la Nueva y Eterna Alianza en la que interviene “la plenitud de los tiempos”, según la promesa de Dios, la revelación cristiana no conoce, o quizá mejor no considera, esta distinción de algún modo jerárquica de bendiciones, de la “periferia” al “centro”.


“Todo es dado” en plenitud por los sacramentos fundamentales del bautismo y la confirmación y por la participación de la comunión eucarística que los mismos sacramentos permiten y para el que son ordenados.


El hombre, por el santo bautismo es definitiva y radicalmente lavado del pecado original, o lo que es lo mismo, de las consecuencias ontológicas del pecado de Adán. El hombre es salvado de la Caída y la marca de Satán sobre él queda borrada, aunque permanece, a pesar de todo, susceptible y así pues sensible a las tentaciones del Maligno quien continúa pudiéndolo herir a nivel individual mediante sus potenciales corrupciones si se deja seducir y subyugar. Pero las aguas vivas del bautismo y el fuego de esta pentecostés personal que constituye la confirmación, marcan de manera imborrable al ser que las recibe y hacen de él un ser nuevo, un ser renovado en el Señor. El alimento eucarístico, finalmente, lo hace entrar como por “anticipación escatológica” en los misterios del Reino de Dios y ser admitido, por la gracia adoptiva a la vida Trinitaria que las Tres Personas tienen por naturaleza.


Como podemos ver, y es aquí la doctrina cristiana con toda su autoridad divina la que afirma a través del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia, que no es posible que en el marco espiritualla iniciación aporte una gracia “de más” en relación en relación al resto que no fuera compartida por el conjunto de bautizados. Es de igual modo precisamente en esto que el cristianismo y la iniciación cristiana difieren de otras tradiciones.


Sin embargo, esto no significa que la vía iniciática pierda su razón de ser en el contexto cristiano, ni tampoco su “eficacidad” propia, muy al contrario; y si acaso no confiere “nada de más”, ella transmite “algo mucho mejor”, dicho también lo “más cercano” a Cristo por retomar la expresión del Santo Padre (cf. Vita Consecrata). Ella constituye, si se nos permite el ejemplo, una ampliación, una intensificación del sacramento de la confirmación y más precisamente todavía de ciertas virtudes y gracias del Espíritu Santo que este confiere, en particular la virtud de la Fuerza y la de la Justicia, particularmente vinculadas a la iniciación caballeresca. Por otra parte, podemos acudir a la misma doctrina de la Iglesia en cuanto a la definición ya los efectos del sacramento de la Orden, reservada a algunos en relación a las gracias y caracteres generales compartidos por todos los bautizados, llamados –no lo olvidemos- al triple ministerio real, sacerdotal y profético. La iniciación, en el marco de la tradición cristiana, integra, culmina, recapitula y justifica las iniciaciones anteriores, todas ellas fundamentalmente de origen divino y coeternas al hombre desde su exilio “en este mundo”. Actúa en esto exactamente la tradición cristiana como respecto a otras tradiciones en el plano dicho “exotérico”.


De este modo la iniciación cristiana transfigura e ilumina las iniciaciones anteriores las cuales aparecen como prefiguraciones. En lenguaje teológico, diríamos que estas iniciaciones quedan “justificadas”, en efecto, es decir a la vez legitimadas en su naturaleza y objeto, y en lo sucesivo comprendidas y “situadas” como “propedéuticas” antes que la Palabra no se encarnara en la historia de los hombres. Estas religiones e iniciaciones contribuyeron, según su orden, a realizar lo que Juan el Bautista nos exhorta a efectuar en nuestros corazones respectivos: preparar y enderezar el camino hacia el Señor[16]. Esta “justificación” le permite tomar finalmente su verdadera dimensión y revelar su auténtica “eficacidad espiritual”.


La iniciación, en el marco cristiano, está marcada por el mismo sello. Los elementos arquetípicos y preexistentes en la perspectiva que acabamos de definir quedan en lo sucesivo ordenados a la Palabra última y viviente de Dios hecho hombre, Jesucristo, que da y deja al mundo su Alianza, su Alegría y su Paz.


Como la religión en la que se inscribe en un corazón radiante, la iniciación cristiana “recapitula” igualmente todo lo que fue o permanece en la materia como al igual en gracias anteriores, lo que significa que las reúne y traspasa, que las sintetiza e ilumina en plena comunión de sentido.


Por otra parte, firma y abre una profundización en la mirada interior, una apertura del “ojo del corazón” en favor del iniciado cristiano en relación a su hermano cristiano no iniciado. Como ya hemos dicho, el no iniciado, no soporta una falta, ya que el iniciado, sin tener un “plus” goza de un “mejor” en una ilustración de la diversidad de carismas y la superabundancia evangélica.


Ya que, si todos los cristianos están “situados” por la gracia del bautismo, en el “centro”, en el “corazón de Dios”, el iniciado en particular, percibe sus latidos con mayor consciencia, deseo e intensidad. Es de hecho el oficiante y el guardián, de acuerdo a su vocación y a los dones que el Espíritu le haya otorgado. En esto consiste su misión en este mundo.


Así mismo, la iniciación en el marco de la religión cristiana, busca con todo amor y toda humildad la revelación del corazón del Evangelio, de la interioridad cardíaca o cordial de la Alianza del Cordero de Dios, Salvador del mundo.


Y ¿por qué–pues-, querer ir más allá, hacia Dios? ¿Por qué pues ir, como dice el Santo Padre: “lo más cerca de Cristo”?[17]La respuesta la tenemos, por una parte, en estas palabras de san Macario de Egipto: “Si alguien dice: ‘soy rico, tengo todo lo que pueda necesitar, no necesito nada más’, este no es cristiano sino un vaso de iniquidad diabólica. Ya que el placer que se tiene en Dios es tanto que uno no puede saciarse. Cuanto más se gusta, cuanto más en comunión estas con Él, más hambre tienes.”


Ahora bien esta hambre a que nos referimos, ¿acaso no es la vocación primera, esencial, del hombre la verdadera vida de su ser…?


Y en estas palabras de san Anselmo, por otra: “No trato, Señor, de penetrar en vuestras profundidades ya que mi inteligencia no es en absoluto comparable, sino tan solo deseo comprender un tanto vuestra verdad que mi corazón cree y ama.”


Estos dos Padres de la Iglesia explicitan de esta manera y en su radicalidad la fuente y la legitimidad espirituales y evangélicas de la meditación teológica al igual que de la vía iniciática.


Por otra parte, toda la vía se resume, se consuma y se consume en el ejemplo y el testimonio de estos tres faros de la espiritualidad carmelitana que podemos contemplar como iniciados por el mismo Espíritu Santo.En primer lugar, san Juan de la Cruz cuando afirma: “en el atardecer de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor”; santa Teresa de Jesús (santa Teresa de Ávila), a continuación cuando proclama: “Y sin amor todo es nada”; finalmente santa Teresa del Niño Jesús (santa Teresa de Lisieux), que nos deja el perfume de su alma, escribiendo: “En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor”.


Amor y conocimiento como una sola y única plegaria, como una sola y única obra cristiana, san Pablo lo confirma y exhorta a ello con estas palabras: “Que vuestra caridad abunde más y más en el conocimiento y en toda comprensión”[18]. He ahí lo que teje el carácter de la iniciación cristiana, el mantillo de tierra en que germina y crece.


En esta realidad y por tal de captar un tanto la dimensión de la iniciación cristiana y del esoterismo cristiano, podemos considerar la síntesis siguiente: Bautismo y Confirmación son los sacramentos fundamentales del cristiano: los sacramentos, es decir lossignos y los instrumentoseficaces de la regeneración de su ser por la gracia salvífica del “Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”[19] y redime el pecado de Adán al precio de su Preciosa Sangre. La eucaristía, alimento celeste o pan de los ángeles, es la participación “desde esta vida” de la Vida trinitaria, abierta por los dos sacramentos anteriormente citados.


En el seno de la plenitud de estos tres sacramentos que “marcan” ontológicamente al cristiano y componen una única familia, en la Iglesia, donde todos comparten la misma dignidad y los mismos efectos de la gracia de este modo dispensada, hay como tres recintos en la economía general de las misiones ligadas a la vocación de cada uno, que no difieren en jerarquía sino en carácter. Y la iniciación es uno de estos tres recintos. Recordemos estas palabras del Apóstol: “Y hay diferencias de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diferencias de ministerios, pero es uno mismo el Señor. Y hay diferencias de operaciones, pero es uno mismo el Dios que lo opera todo en todos. A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para lo conveniente.”[20]



El sacramento de la Ordenación


Según la jerarquía tradicional y estrictamente hablando, únicamente el Obispo (consagración episcopal) y el Presbítero (ordenación sacerdotal) están facultados para celebrar la eucaristía, ya que el Diácono no ha recibido la ordenación que se lo permitiría. De acuerdo a ello, la misión y el carisma del obispo y del sacerdote, por la gracia y el carácter del sacramento de la Ordenación, es el de configurarse a Cristo para cumplir el sacrificio eucarístico y asumir la plenitud del apostolado en beneficio de todos. En estos “actos”, se encuentra realmente el Verbo de Dios que actúa en y porellos.



La vida consagrada


Esta consagración no se inscribe entre el número de los siete sacramentos. Dicha dedicación, define y sella la vocación religiosa regular o secular de los hombres y mujeres que “toman el hábito” de las Ordenes monásticas, o se comprometen en el seno de las Congregaciones o Institutos religiosos. Es igualmente la vía de los laicos pertenecientes a lo que se denomina las Ordenes Terciarias u Ordenes terceras, surgidas de una de las Ordenes monásticas mencionadas. El carácter de esta vía dedicada y la especificidad de la misión de aquellos que son llamados a la misma es el de vivir en imitación perfecta a Cristo, castamente, pobremente, obedeciendo la voluntad del Padre, orando y llevando su misión, a fin de hacerlo presente, incluso y sobre todo, allí donde no es conocido o reconocido. En su modalidad religiosa, es la ascesis hacia la santidad a la que todos los hombres están llamados -aunque bien pocos respondan a esa vocación-, para convertirse en el germen del Amor, de la Paz y de la Alegría de Dios.






Pascal Gambirasio d’Asseux

Enero de 1997.

 

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