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Cuestión de regularidad




 

 Maurice Calmet Williams

Dentro de la Francmasonería no existe un tema más controversial que la regularidad. La forma más sencilla de descalificar a alguna logia o hermano es acusarlo de irregular y mágicamente pareciera ser borrado del universo masónico, independientemente de si su opinión es válida y si su conducta es ejemplar.

Dentro de las acepciones de la palabra regular que se muestran en el diccionario de la Real Academia Española[1] (RAE) podemos rescatar algunas que podrían interesarnos:

 Regular (Del lat. regulris)

  1. adj. Ajustado a una regla y conforme a ella. Vuelo regular.

  2. adj. Uniforme, sin cambios grandes o bruscos. Respiración regular.

  3. adj. Ajustado, medido, arreglado en las acciones y modo de vivir.

  4. adj. De tamaño o condición media o inferior a ella.

  5. adj. Dicho de una persona o de una cosa: Que pertenece a una regla o instituto religioso. Apl. a pers., u. t. c. s.

  6. adj. Dicho de un ejército: Que está encuadrado y dirigido legalmente por mandos profesionales.

  7. adv. Medianamente, no demasiado bien. En las pruebas me fue regular.


La regularidad no nació con la Masonería. La primera mención a una logia regular aparece en las Constituciones de Anderson hacia 1734. En el segundo párrafo de la regulación general VIII[2] se indica que “si cualquier grupo o número de masones deciden por sí mismos formar una logia sin autorización del gran maestro, las logias regulares no los deben tolerar, o considerarlos como hermanos justos y debidamente formados, ni aprobar sus actos y contribuciones; sino tratarlos como rebeldes…”

Esta norma es bastante clara y determinante; sin embargo podríamos decir que entonces era también pretenciosa, considerando que menos de 17 años atrás (quizás 13, para quienes prefieran considerar el inicio de la Gran Logia de Londres en 1721[3]) no existía la figura del gran maestro y que las logias se formaban (precisamente) por cualquier grupo o número de masones. Podríamos entender que dicha regulación buscaba frenar el surgimiento espontáneo de logias fuera del seno de la gran logia recién formada mediante el desprestigio de los masones que, seguramente llevados por sus viejos usos y costumbres, no confiaban en la idea de una gran logia (y un gran maestro con poder) que los gobierne.

Desde entonces se empezaron a dar los calificativos de ‘logias regulares’, ‘masones regulares’ y los ‘irregulares’ (probablemente negándoles los sustantivos de logias y masones). La masonería inglesa toma fuerza con la unión de 1813 al punto que institucionaliza este tema el 4 de setiembre de 1929 cuando publica los “principios básicos para el reconocimiento de una gran logia”, también llamados principios básicos de regularidad, mediante los que expulsan al limbo de la irregularidad a las mujeres, los agnósticos (que no son precisamente ‘ateos estúpidos’) y cualquier cuerpo masónico que no se ajuste a su estructura organizativa y pretenda conferir los grados simbólicos de aprendiz, compañero y maestro.

Y es que el principal problema de la actualidad es que interpretamos las medidas tomadas en cada momento de la historia sin contextualizarlas, principalmente argumentando que en Masonería mucho es ‘simbólico’, de variadas y propias interpretaciones, pudiendo siempre encontrar nuevos significados y enseñanzas para un símbolo clásico.

Por ejemplo: cuando hablamos de regularidad o logias regulares en 1734, claramente se está haciendo referencia a aquellas logias que se encontraban dentro de la jurisdicción de la entonces Gran Logia de Londres, cuando estas logias eran minoría (comparándolas con las logias existentes en Irlanda, Escocia y el resto de Inglaterra), y no a logias y masones que sean las únicas representantes de la verdadera Masonería. Podríamos semejar esto con la no tan lejana pretensión de la Gran Logia Regular de Inglaterra[4] que, siendo fundada en 2005 por un grupo reducido, calificó de irregulares al resto de logias y grandes logias del orbe; a diferencia de la primera, esta última gran logia no tuvo el eco y trascendencia tal que permitieran dar fuerza y respaldo a su posición.

De igual manera, si tomásemos la primera o la tercera acepción del diccionario de la RAE en el contexto actual, cualquier logia que practique firmemente lo que crea es verdadera francmasonería (aquí podríamos abrir un debate entre lo que es y no es francmasonería) debería sentirse lo suficientemente ‘regular’ como para irrogarse la utilización del término. Y es que (para resumir) no existe una sola y única masonería sino muchas variantes y prácticas diferentes de la misma, y existen de igual forma muchas diferentes normas que justificarían la regularidad de diferentes organizaciones.

Entonces: ¿Qué acepción enmarca la tan mentada regularidad en Masonería? Al parecer, la autodenominada corriente principal de la Masonería (aquella que tiene como eje a la Gran Logia Unida de Inglaterra) intenta definir lo regular dentro de la quinta acepción, aquélla que se refiere más a reglas o institutos religiosos, lo que se muestra contradictorio cuando siempre alegan no ser una religión.

Similar contradicción aplica la sexta acepción, referida a los cuerpos militares. Contrariamente a lo que muchos puedan opinar, la Masonería busca reunir a individuos de diferentes procedencias en igualdad de condiciones (lo que del léxico anglosajón puede traducirse como ‘reunirse a nivel’), y no otorgar atribuciones a algunos sobre otros. En un momento poco afortunado me tocó oír a un gran maestro expresar que la Masonería tiene una estructura vertical, que sus disposiciones (las del gran maestro) son órdenes que se siguen sin murmuraciones incluso cuando van en contra de las normas establecidas en su propia jurisdicción, porque su palabra es ley. Si pudiésemos calificar un comportamiento así como ‘regular’, tendría que ser con la sétima acepción listada.

Aun con todo lo expuesto, la peor de las acepciones expuestas es la cuarta; aunque lamentablemente es la que mejor describe la situación actual de un gran número de organizaciones masónicas (que se autodenominan jurisdicciones) en las que, como consecuencia de sentirse (no saberse) ‘verdadera masonería’, han descuidado su estudio y su práctica, lo que ahuyenta a aquéllos con verdadera vocación. Ejemplo patético es la suspensión de un integrante de la Gran Logia de Tennessee[5] por contraer matrimonio con otro hombre, cuando la unión homosexual es legal en dicho estado: no solo sería una desobediencia a la ley, sino un abuso injustificado contra un hermano masón.

La única acepción que nos resta plantear es la segunda. Muchos podrán argumentar que la Masonería no cambia, que viene de ‘tiempo ancestral’ y que ‘no está en poder de hombre o grupo de hombres el hacer cambios o innovaciones en el cuerpo de la Masonería’ (uno de los Antiguos Cargos y Regulaciones). Lo cierto es que la realidad contradice de plano esto (las ‘diferentes masonerías’ son evidencia de ello), incluso si consideramos que la propia creación de la Gran Logia de Londres fue una innovación, o el Ritual Moderno, o el Tercer Grado, etc.

En conclusión


¿Qué podemos concluir de todo lo expuesto? Que por lo general damos mayor importancia a la regularidad de la que se merece, que en lugar de inspirarnos a mejorar es empleada como una justificación indebida, que provoca nuestro letargo, que retrasa nuestro mejoramiento individual, que resulta en abusos contra quienes no lo merecen, que genera divisiones. Si ser ‘regular’ llamase a la tolerancia, a la amplitud de pensamiento, a la igualdad, entonces sería un piropo recibir tal calificativo.

No nos preocupemos de quién es regular: preocupémonos de quienes actúan como verdaderos masones. Y si, actuando como verdaderos masones, alguien nos acusa de irregulares, pues agradezcamos de estar en una condición superior a la media, de haber logrado un gran cambio para nuestro mejoramiento, de no estar encuadrado como en una institución militar o religiosa, de estar haciendo las cosas bien. Al final, no queremos ser regulares: queremos ser mejores.

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