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LA ICONOGRAFIA Y EL SIMBOLISMO MASONICO

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El corpus iconográfico de la masonería es un elemento esencial en las prácticas rituálicas y un soporte privilegiado para transmitir sus doctrinas, su saber y su ciencia. Cada pieza, cada imagen es una representación de algún concepto, principio o aspecto de las doctrinas masónicas y es, al mismo tiempo, una obra de arte de carácter iniciático, por esa razón la masonería define su ciencia como Arte Real, ya que no es profana, sino sagrada. De ello se colige que las imágenes y símbolos masónicos (y la ejecución del ritual) trascienden la experiencia estética para adentrarse en el terreno de lo iniciático, es decir, de lo espiritual; por lo tanto, el legado iconográfico que la Orden ha conservado es una representación del mundo sagrado a la que solamente se accede mediante su propio lenguaje: el simbólico, vehículo y fundamento de su sabiduría. Así pues, es imposible comprender el sentido primero de la iconografía masónica sin el auxilio de la hermenéutica que le es propia, que es la tradicional, puesto que la Orden se ha inspirado en las fuentes antiguas para elaborar y fijar su sistema de imágenes y símbolos. Si ignoramos esos orígenes nos perderemos en las interpretaciones tardías -ajenas al pensamiento tradicional- que se han introducido en su seno, pues las presiones del contexto histórico, ideológico y social han marcado la trayectoria cambiante y accidentada de la masonería y han incidido sensiblemente en la concepción que los masones tienen de su institución, así como de su universo iconográfico, de sus principios y doctrinas.


Sin embargo, la masonería es una superviviente nata, pues ha salvaguardado una gran parte del legado antiguo, de manera que en la actualidad es una de las grandes herederas de las ciencias antiguas, propias del humanismo premoderno, como la cábala, la alquimia o la geometría sagrada: ciencias del hombre y para el hombre, representantes genuinas del humanismo antiguo.


Los patrones estéticos del llamado arte masónico también han estado del todo influenciados por las diferentes corrientes artísticas del mundo profano, aunque a partir del siglo XIX, el arte profano se familiariza con la masonería y en algunos casos le sirve de fuente de inspiración.


En cuanto a las producciones artísticas propiamente masónicas, son muy plurales, a menudo eclécticas o incluso kitsch, y siempre otorgan la mayor importancia a los contenidos, y no tanto a lo formal, a las tipologías o a los estilos. Por nuestra parte, al igual que otros autores, consideramos inadecuado hablar de “estilo” o “arte masónico”, sino más bien de “estética masónica”3, a pesar de las limitaciones que este tipo de definiciones ejercen sobre el objeto del presente trabajo. Sin embargo, son los contenidos de esta estética lo específicamente masónico, por lo que el propósito de nuestro estudio no es abordar la iconografía masónica en tanto que manifestación artística, sino adentrarnos en los significados originales de este corpus. Nos interesan sobre todo las significaciones y sus orígenes.


Así pues, nos remontaremos a las fuentes en las que se ha inspirado el imaginario masónico a fin de comprender su significado primero y radical, su naturaleza original y los elementos que lo componen. Intentaremos también poner de manifiesto el itinerario experimentado por este universo iconográfico desde el siglo XVIII hasta la actualidad, lo cual nos revelará la naturaleza de la metamorfosis experimentada por la masonería moderna desde su fundación.


En primer lugar, debemos buscar los orígenes formales, intelectuales y doctrinales del imaginario masónico en las fuentes clásicas, y también en obras como la Yeroglyphica de Horapolo que tanto entusiasmó a los neoplatónicos renacentistas, donde se explica el significado de los jeroglíficos egipcios.


En 1419 llegó a Florencia este manuscrito griego4, obra del siglo V, que revelaba la sabiduría egipcia, representando los misterios y enigmas por medio de emblemas, el equivalente europeo a lo que en su día hicieron los egipcios con los jeroglíficos. La primera impresión se hizo en Venecia, en 1505, aunque la edición ilustrada es de 1543. Su obra sirvió de inspiración a lo que llamamos el emblema humanista, que es de hecho el jeroglífico de Occidente, del que es deudora la iconografía masónica. 


La obra de Horapolo supuso para los humanistas del Renacimiento la posibilidad de comprender los jeroglíficos egipcios originales, que eran, según palabras de Ficino, “copias de las ideas divinas de las cosas”.


Fue Alciato quien, en el siglo XVI, divulgó en Europa el término emblema, como el equivalente moderno de los antiguos jeroglíficos. Este tipo de obras se multiplicaron a lo largo de aquel siglo, convirtiéndose en un vehículo privilegiado para transmitir la sabiduría antigua. La literatura alquímica también será deudora de la obra de Alciato, y de su antecesora, la Hieroglyphica de Horapolo. Fue en los siglos XVI y XVII, gracias en gran parte a la difusión de la imprenta, cuando el género emblemático experimentó un auge sin precedentes y muchos textos alquímicos fueron publicados bajo la forma de libros de emblemas. El alquimista Michael Maïer será el primero en emplearlos de forma sistemática para revelar los secretos de la Gran Obra. Alguno de los emblemas de su obra Atalanta fugiens (1618) tienen un estrecho parentesco con la iconografía masónica, como el XXI, De Secretis Natura.


Aunque normalmente las imágenes masónicas no vienen acompañadas de textos explicativos, el espíritu con que han sido realizadas está embebido de neoplatonismo y hermetismo, por lo que son soportes privilegiados para adentrase en los misterios iniciáticos.

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