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LOS COMPROMISOS DEL HERMANO MASON




Ninguna persona que asuma una obligación espiritual puede ya colocarse al margen de su ejercicio, de lo contrario no es merecedora ya ni del más vil de los desempeños. La verdadera Luz sólo llega a quienes, aun sin poder gran cosa, siempre dan alegremente todo cuanto poseen.
El verdadero hermano de la Orden, como sea que se halle trabajando por mejorarse durante toda su existencia, tanto mental como física y espiritualmente, hace de sus propios deseos el objetivo de su tarea. Tiene un deber y tal deber consiste en poder servir a los planes ajenos. Debe estar dispuesto, a toda hora del día o de la noche, a despojarse de sus propias conveniencias ante el llamado a la acción.
Hay que realizar el trabajo, y él ha dedicado su vida a servir a Aquellos que no conocen de las ataduras del espacio y el tiempo. Debe estar, pues, listo en todo instante, y su vida debe convertirse en una constante preparación para que ese llamado pueda sonar cuando menos lo espere.
El Maestro Francmasón sabe que los más útiles para la labor son aquellos que tienen mayor experiencia de la vida. No se encuentra ésta dentro de la techada logia, que es la base de su grandeza, sino que más bien, se encuentra en los problemas de la vida diaria.
El verdadero estudiante masónico es reconocido por sus actos fraternales y por su sentido de ecuanimidad. Todo Francmasón sabe que el quebrantamiento de un voto significa una correspondiente sanción. Hay que dejarle que por sí mismo comprenda que el fracaso de no vivir mental, espiritual y moralmente de acuerdo con los más altos ideales, constituye de por sí el mayor de los perjurios.
Cuando un Francmasón juró consagrar su vida a la construcción del Templo Ideal, pero mancha su templo viviente pervirtiendo el poder mental, la fuerza emotiva y la energía activa, está quebrantando un voto, y en consecuencia se impone, no horas, sino épocas de privación y miseria espiritual.
Si es Francmasón de verdad, está más obligado a reprimir el lado negativo de su propia naturaleza, que permanentemente trata de minimizar al Maestro en formación. Debe percatarse de que una vida mal dirigida es como un voto quebrantado, y que el servicio cotidiano, la purificación y el templo constructivo de la energía, es una viviente invocación que construye dentro de él y atrae hacia sí el poder de creación.
Su vida es, pues, la única plegaria aceptable a los ojos del Altísimo. Una vida impura es una verdad quebrantada; una acción destructora es una maldición viva; una mente estrecha es una cuerda estrangulante en torno a la garganta de su pretendida grandeza.
Los verdaderos Francmasones saben que su trabajo no es secreto, pero comprenden que debe permanecer ignorado por quienes no viven la verdadera vida masónica.
Pero, aunque los llamados secretos de la Francmasonería fueran divulgados a toda voz, la Fraternidad quedaría completamente a salvo; porque se requieren cualidades espirituales especiales para que los verdaderos secretos masónicos puedan ser comprendidos aun por los propios hermanos.
De ahí que las llamadas “exposiciones” sobre la Francmasonería, publicadas en millares y decenas de millares de ejemplares desde 1730 hasta nuestros días, no pueden causar daño a la Fraternidad.
Tan sólo revelan las formas externas y las ceremonias rituales de la Francmasonería. Sólo quienes han sido debidamente sopesados y considerados veraces, verticales y justos, se hallan realmente en condiciones, por su propio desarrollo, para apreciar el significado íntimo de la Orden.
Para el resto de sus hermanos, dentro o fuera de la logia, sus sagrados rituales seguirán siendo, como dijera Shakespeare, “palabras, palabras, palabras”. Sólo dentro del real Francmasón se encuentra el oculto Poder que, emanando refulgente de sí mismo constituye la palabra del auténtico Constructor.
Su vida es la única palabra de pase que lo hace admisible ante la mística Logia Masónica. Su impulso espiritual es el brote de acacia que, a través de las tinieblas de la ignorancia, sirve todavía de prueba de que el fuego espiritual sigue ardiendo.
Dentro de sí mismo, debe edificar aquellas cualidades que harán posible su verdadero entendimiento con la Orden en que se ha comprometido a servir. Es posible mostrar al mundo meras formas que nada significan, pero la vitalidad que encierran permanece secreta hasta que el Espíritu se halla en condiciones de su íntima revelación.
El Maestro Francmasón sabe que la caridad es una de las mayores marcas que los Hermanos mayores han desarrollado, y que eso significa no solamente una organizada caridad material, sino caridad del pensamiento y de la acción.
Sabe que no todos los obreros se hallan a la misma altura, pero que, dondequiera que estén, deben tratar de proceder lo mejor posible, de acuerdo con sus luces. Cada cual labora con los instrumentos que posee, y él, como Maestro Francmasón, no debe desperdiciar su tiempo en criticar, sino en ayudar a que esos instrumentos sean mejorados.
En vez de culpar a los pobres instrumentos, o herramientas, debemos cuidarnos siempre a nosotros mismos y alegrarnos por tenerlos.
El real Maestro Francmasón no encuentra culpa; no critica ni se queja, sino que, con ausencia de malicia y con total espíritu caritativo, trata de demostrar la verdad de su Creador. Trabaja en silencio, sufre con compasión, y si los elementos con quienes y por quienes trabaja lo maltratan, su última palabra debe ser una plegaria por ellos.








Foto de Juan Avila.






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